Lengua Castellana y Literatura II · Poesía desde 1939 · Comunidad de Madrid · 2024

Ejercicio resuelto de Lengua Castellana y Literatura II · 2024

Responda una‾ pregunta de 1,5 puntos a elegir entre las preguntas A.6 o B.6.

B.6. (1,5 puntos) La lírica y el teatro posteriores a 1936.

Solución

B.6. Se pide desarrollar el tema: el corte de la Guerra Civil y las tendencias de la poesía y del teatro desde entonces, con autores y obras.

Respuesta: La Guerra Civil (1936-1939) rompe la continuidad literaria: Lorca es asesinado, Miguel Hernández muere en la cárcel en 1942, muchos escritores marchan al exilio y la censura condiciona lo que se publica y se estrena.

En la lírica de los años cuarenta conviven dos tendencias. La poesía arraigada, en torno a la revista Garcilaso (Luis Rosales, Leopoldo Panero), canta con formas clásicas un mundo ordenado por la fe y la patria. La poesía desarraigada expresa la angustia existencial ante un mundo caótico: Hijos de la ira (1944), de Dámaso Alonso, y la revista Espadan˜a. En el exilio continúan su obra Luis Cernuda, Rafael Alberti o Jorge Guillén. En los cincuenta se impone la poesía social, que concibe el poema como instrumento para transformar la realidad y busca un lenguaje claro: Blas de Otero (Pido la paz y la palabra, 1955), Gabriel Celaya (Cantos ıˊberos, 1955) o José Hierro. La generación de los cincuenta (Ángel González, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, Claudio Rodríguez) entiende la poesía como conocimiento y la vuelve hacia la experiencia personal, con ironía y tono conversacional. En 1970, la antología Nueve novıˊsimos poetas espan˜oles, de José María Castellet, da a conocer una poesía culturalista y experimental (Pere Gimferrer, Guillermo Carnero). Desde los ochenta conviven la poesía de la experiencia (Luis García Montero) y corrientes más intimistas o conceptuales.

En el teatro, tras la guerra domina la evasión: la comedia burguesa y el humor renovador de Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura (Tres sombreros de copa, estrenada en 1952). Historia de una escalera (1949), de Antonio Buero Vallejo, inaugura el teatro realista y social, que en los cincuenta y sesenta cultivan también Alfonso Sastre (Escuadra hacia la muerte, 1953) y Lauro Olmo (La camisa, 1962). Desde finales de los sesenta, el teatro experimental (Fernando Arrabal, Francisco Nieva) y los grupos independientes rompen con el realismo. Con la democracia desaparece la censura y conviven la comedia de ambiente urbano de José Luis Alonso de Santos (Bajarse al moro, 1985) y el teatro de la memoria de José Sanchis Sinisterra (¡Ay, Carmela!, 1987).

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