Lengua Castellana y Literatura II · Generación del 27 · Región de Murcia · 2025
Ejercicio resuelto de Lengua Castellana y Literatura II · 2025
y responda a las cuestiones que se plantean en cada caso:
. Lea atentamente el texto y responda las siguientes cuestiones:
(Por derechos de autor, el poema no se reproduce en Hodeia: el examen lo reproduce sin autor ni título. Está en la página 2 del PDF oficial del examen.)
6.1.1. Identifique al autor y la obra de la que forma parte. A continuación, contextualícela en el marco de la historia de la literatura. (1 p.) [15-25 líneas]
6.1.2. Identifique los temas que aparecen en este texto. (1,5 p.) [20-25 líneas]
6.1.3. Identifique y explique qué características formales nos permiten atribuirlo al género literario, al autor y a la época a la que pertenece. (1,5 p.) [20-25 líneas]
Solución
Se piden el autor y la obra y su contexto (0,25 la identificación y 0,75 el contexto), en quince a veinticinco líneas.
Identificación: el soneto pregunta si cesará el rayo que habita al poeta y responde que no se agota (versos 1 y 9): el título del libro, (1936), de Miguel Hernández, recoge esa imagen central.
Contexto: la trayectoria del poeta y la poesía de mediados de los años treinta.
El soneto pertenece a (1936), de Miguel Hernández (Orihuela, 1910-Alicante, 1942), cuyo título recoge la imagen central de este soneto (versos 1 y 9). Hernández, pastor de cabras de formación autodidacta, había empezado con una poesía gongorina y hermética, (1933). , publicado en Madrid poco antes de la guerra, es su libro de madurez: casi todo sonetos, que expresan la pena amorosa como un destino trágico, e incluye la célebre «Elegía» a su amigo Ramón Sijé. Después llegarían la poesía de guerra de (1937) y (1939) y, en sus últimos años, en buena parte en la cárcel, el .
Hernández se sitúa al final de la generación del 27, de la que Dámaso Alonso lo llamó genial epígono, y se vincula también a la generación del 36. A mediados de los años treinta la poesía española deja atrás la poesía pura y se rehumaniza, con la influencia de Pablo Neruda y del surrealismo de Vicente Aleixandre, amigos de Hernández en Madrid. Al mismo tiempo, varios poetas vuelven a las estrofas clásicas, en especial al soneto, con la mirada puesta en Garcilaso y en Quevedo: el libro funde esa forma clásica con imágenes de una fuerza casi surrealista.
Se piden los temas del poema, en veinte a veinticinco líneas, con los versos (del 1 al 14).
El dolor incesante: las dos preguntas de los cuartetos (versos 1-4 y 5-8) y la respuesta del verso 9.
El dolor nace del propio poeta: versos 10-11 y 12-14.
La pasión violenta y el destino trágico: las imágenes de fieras, fraguas, espadas y hogueras (versos 2-3 y 7).
El tema central es el dolor incesante del poeta, simbolizado en un rayo que lo habita y no deja de herirlo. Los dos cuartetos lo plantean con dos preguntas que expresan el deseo de que el sufrimiento termine; el primer terceto responde con rotundidad que el rayo ni cesa ni se agota (verso 9). En el conjunto del libro ese dolor es sobre todo la pena amorosa, el amor no correspondido o insatisfecho, que se vive como un destino trágico, como una condena.
Un segundo tema es el carácter interior de ese dolor: el rayo no viene de fuera, sino que tiene su origen en el propio poeta y ejerce sobre él su furia (versos 10-11), y lo mismo la piedra obstinada que brota de él y lo golpea (versos 12-14). El sufrimiento es así una forma de autodestrucción, un tormento que el yo engendra y padece a la vez, sin salida posible.
El tercero es la pasión violenta que domina al poeta: su corazón está poblado de fieras exasperadas y de fraguas coléricas (versos 2-3), y la estalactita hace crecer hacia él espadas y hogueras (versos 5-8). El corazón que muge y grita (verso 8) lo identifica con el toro, emblema de Hernández: fuerza, pasión y destino de muerte.
Todo ello configura una visión trágica del amor y de la existencia, propia de la madurez del autor antes de la guerra.
Se piden los rasgos formales que permiten atribuirlo al género, al autor y a la época; los criterios apuntan a las imágenes, los símbolos y los elementos formales de la poesía de Hernández. En veinte a veinticinco líneas.
Género: lírico (verso, estrofas, rima, yo poético que expresa sus sentimientos).
Métrica: catorce endecasílabos (el verso 1, por ejemplo, suma once sílabas con dos sinalefas) en dos cuartetos ABBA ABBA y dos tercetos CDE CDE, de rima consonante: un soneto.
Recursos: interrogaciones retóricas paralelas (versos 1 y 5), anáfora y paralelismo, polisíndeton (verso 9), metáforas y símbolos (rayo, piedra, estalactita, fragua, toro), hipérbaton y adjetivación intensa (exasperadas, coléricas, obstinada).
El texto es lírico: un yo poético expresa en verso su propio sufrimiento. Es un soneto, catorce endecasílabos de rima consonante repartidos en dos cuartetos (ABBA ABBA) y dos tercetos (CDE CDE). La elección del soneto, estrofa clásica que Hernández trabaja a imitación de Garcilaso y Quevedo, es característica de y de la vuelta a las formas clásicas de mediados de los años treinta.
La estructura se apoya en el paralelismo: los cuartetos repiten la misma pregunta retórica, con la anáfora del arranque (versos 1 y 5), y los tercetos responden con dos afirmaciones simétricas (versos 9-11 y 12-14), reforzadas por el polisíndeton del verso 9 y la insistencia en la primera persona (de mí mismo, en mí mismo, sobre mí).
Pero lo más propio del autor son las imágenes y los símbolos. El rayo es el símbolo central del libro: el dolor amoroso como fuerza destructora e incesante; a él se suman la piedra y la estalactita, de dureza mineral, la fragua y el metal, del mundo del trabajo, y el corazón que muge, que remite al toro, emblema de Hernández. Las metáforas son violentas y casi surrealistas, como las cabelleras de la estalactita convertidas en espadas y hogueras, con un hipérbaton barroco y una adjetivación intensa (exasperadas, coléricas, obstinada).
Esa fusión de forma clásica, conceptismo quevedesco e imaginería de raíz vanguardista sitúa el poema en la poesía de la segunda mitad de los años treinta, entre la generación del 27 y la del 36.
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