a) Defina los términos antígeno y anticuerpo. [0,8 puntos]
b) Indique la naturaleza química de ambos. [0,4 puntos]
c) Justifique el hecho de que un anticuerpo pueda comportarse como un antígeno. [0,8 puntos]
Un antígeno es toda sustancia que el organismo reconoce como extraña y que es capaz de desencadenar una respuesta inmunitaria específica, uniéndose después de manera selectiva a los anticuerpos o a los receptores de los linfocitos que se han producido contra ella. No se reconoce la molécula entera, sino unas regiones concretas de su superficie llamadas determinantes antigénicos o epítopos.
Un anticuerpo o inmunoglobulina es la proteína que sintetizan y liberan las células plasmáticas, derivadas de los linfocitos B, en respuesta a un antígeno determinado, y que se une específicamente a él para neutralizarlo, aglutinarlo, precipitarlo o marcarlo de cara a su fagocitosis y a la activación del complemento.
Los antígenos son, en su gran mayoría, proteínas o glucoproteínas, aunque también pueden ser polisacáridos, lípidos complejos o ácidos nucleicos. Lo que se exige de ellos es que sean macromoléculas de tamaño considerable y estructura compleja, ya que las moléculas pequeñas, llamadas haptenos, solo se comportan como antígenos si se unen a una proteína transportadora.
Los anticuerpos son siempre proteínas, concretamente glucoproteínas de la fracción de las globulinas del plasma, de ahí su nombre de inmunoglobulinas. Cada uno tiene forma de Y y está formado por cuatro cadenas polipeptídicas, dos pesadas y dos ligeras, unidas por puentes disulfuro, con regiones variables en los extremos de los brazos, donde reside la especificidad, y regiones constantes en el resto.
Porque ser antígeno no es una propiedad intrínseca de una molécula, sino una relación: una sustancia es antígeno para el organismo que no la reconoce como propia. Y los anticuerpos son proteínas, es decir, macromoléculas complejas con determinantes antigénicos en su superficie, exactamente el tipo de molécula que mejor cumple los requisitos para ser reconocida.
De ahí que, si se inyectan anticuerpos de una especie en un individuo de otra distinta, por ejemplo inmunoglobulinas de caballo en un ser humano durante una sueroterapia, el receptor los identifique como extraños y produzca anticuerpos contra ellos. Si el tratamiento se repite, esa respuesta puede llegar a provocar la llamada enfermedad del suero.
Hay además una razón más sutil: las regiones variables de cada anticuerpo son distintas de las de todos los demás y constituyen secuencias únicas, los idiotipos, que el propio organismo puede reconocer como determinantes antigénicos, formando la llamada red idiotípica que contribuye a regular la respuesta inmunitaria. Esta propiedad se aprovecha en el laboratorio con los anticuerpos secundarios, que son anticuerpos dirigidos contra otros anticuerpos y que se emplean en técnicas de diagnóstico como el ELISA.