La molécula representada es un anticuerpo o inmunoglobulina, concretamente una inmunoglobulina G, que es el modelo con forma de Y.
Se trata de una glucoproteína formada por cuatro cadenas polipeptídicas: dos cadenas pesadas, largas, que forman el eje y parte de los brazos, y dos cadenas ligeras, cortas, situadas en la parte externa de los brazos. Las cuatro se mantienen unidas por puentes disulfuro, que en la figura aparecen rotulados como enlaces S-S.
En cada cadena se distinguen dos partes. La región variable, marcada con la letra V y situada en el extremo amino terminal, tiene una secuencia de aminoácidos distinta en cada anticuerpo; en ella reside la especificidad. La región constante, marcada con la letra C, tiene una secuencia idéntica en todos los anticuerpos de una misma clase.
Por su forma se distinguen además dos fragmentos: los dos brazos, o fragmentos Fab, formados por una cadena ligera completa y la mitad amino terminal de una pesada, y el tallo, o fragmento Fc, formado solo por las regiones constantes de las dos cadenas pesadas. Los extremos de los brazos llevan los parátopos, y el extremo del tallo, con su grupo carboxilo libre, es la parte por la que la molécula se une a los receptores de los fagocitos y activa el complemento.
La flecha A señala una cadena ligera: la cadena corta, situada por fuera del brazo derecho, en la que se distinguen su región variable y su región constante.
La flecha B señala una cadena pesada: la cadena larga que recorre el brazo y continúa por el tallo hasta el extremo carboxilo terminal.
El anticuerpo se une a los antígenos, que son las moléculas capaces de desencadenar una respuesta inmunitaria: proteínas, polisacáridos u otras moléculas de la superficie de un microorganismo, toxinas o células extrañas.
La unión se establece por los extremos de los dos brazos, es decir, por las regiones variables, marcadas con la letra V en la figura, de una cadena pesada y una cadena ligera. Esas dos regiones variables se enfrentan y forman una cavidad, el parátopo, cuya forma es complementaria de la del epítopo o determinante antigénico.
Como la molécula tiene dos brazos idénticos, posee dos parátopos y puede unir dos antígenos a la vez. De ahí que los anticuerpos aglutinen y precipiten los antígenos formando grandes retículos, que después son fagocitados con facilidad.
El complemento es un conjunto de una treintena de proteínas plasmáticas que circulan inactivas y que, cuando se activa la primera, desencadenan una reacción en cascada en la que cada una activa a la siguiente. La activación se produce al unirse los anticuerpos al patógeno, en la llamada vía clásica, o directamente al reconocer componentes de la superficie microbiana.
Facilita la destrucción del patógeno de tres maneras.
La primera es la lisis. Los últimos componentes de la cascada se ensamblan sobre la membrana del microorganismo y forman el complejo de ataque a la membrana, un poro que la perfora; el agua entra por ósmosis y la célula estalla.
La segunda es la opsonización. Otros componentes recubren la superficie del patógeno y actúan como una señal que los fagocitos reconocen mediante receptores propios, con lo que la fagocitosis resulta mucho más rápida y eficaz.
La tercera es la respuesta inflamatoria. Algunos fragmentos liberados durante la cascada aumentan la permeabilidad de los capilares y atraen por quimiotaxis a los macrófagos y a los neutrófilos hacia el foco de la infección.
Los mecanismos inespecíficos, o innatos, actúan siempre de la misma manera, sea cual sea el agente extraño. Están presentes desde el nacimiento, su respuesta es inmediata y no dejan memoria, de modo que su eficacia es la misma en el primer encuentro que en el centésimo. Comprenden las barreras externas, como la piel, las mucosas, las secreciones ácidas o la lisozima de las lágrimas, y las barreras internas, como la fagocitosis por macrófagos y neutrófilos, la respuesta inflamatoria, el sistema del complemento, el interferón y la fiebre.
Los mecanismos específicos, o adaptativos, se dirigen contra un antígeno concreto y solo contra él. Requieren un contacto previo, tardan varios días en desarrollarse la primera vez y dejan memoria inmunológica, de modo que en encuentros posteriores la respuesta es mucho más rápida e intensa. Los llevan a cabo los linfocitos B y T, con la ayuda de las células presentadoras de antígeno.
En resumen, la diferencia está en tres rasgos: si distinguen o no de qué agente se trata, si necesitan o no un contacto previo, y si generan o no memoria. Los dos sistemas no son alternativos, sino complementarios, y los inespecíficos son los que dan tiempo a que los específicos se pongan en marcha.
| | Células responsables | Linfocitos B, que al activarse se diferencian en células plasmáticas | Linfocitos T citotóxicos, con la colaboración de los linfocitos T colaboradores Agente efector | Los anticuerpos, moléculas disueltas en el plasma y en la linfa | Las propias células, que actúan por contacto directo Dónde actúa | En los líquidos corporales, es decir, en el medio extracelular | Sobre las células, en el interior de los tejidos Frente a qué es eficaz | Bacterias extracelulares, toxinas y virus mientras circulan libres | Células infectadas por virus, células tumorales, hongos, parásitos y células de un trasplante Cómo elimina al agente | Neutralizándolo, aglutinándolo o precipitándolo, y activando el complemento y la fagocitosis | Perforando la membrana de la célula diana con perforinas e induciendo su apoptosis |
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Las dos respuestas son específicas, dejan memoria y se coordinan entre sí a través de los linfocitos T colaboradores, que son los que activan tanto a los linfocitos B como a los citotóxicos.