Representa una célula procariota, concretamente una bacteria.
Dos razones lo justifican:
• No tiene núcleo. El material hereditario aparece como una única molécula de ADN circular, libre en el citoplasma, sin ninguna envoltura que lo separe de él. Es el nucleoide.
• No tiene orgánulos membranosos. En el citoplasma no se distinguen ni mitocondrias, ni retículo endoplasmático, ni aparato de Golgi, ni cloroplastos: solo se ven ribosomas.
Podrían añadirse otras dos: la presencia de un plásmido, molécula de ADN circular independiente del cromosoma que es exclusiva de los procariotas, y la de una pared celular acompañada de cápsula, flagelo y fimbrias, un conjunto propio de la organización bacteriana.
| 1 | Flagelo, responsable del movimiento 2 | Membrana plasmática 3 | Pared celular, de peptidoglucano 4 | Cápsula 5 | Ribosomas, del tipo 70S 6 | ADN bacteriano o cromosoma bacteriano, que forma el nucleoide 7 | Plásmido 8 | Fimbrias o pelos |
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La microbiota, antes llamada flora normal, es el conjunto de microorganismos, sobre todo bacterias, que viven habitualmente sobre la piel y en las mucosas del organismo, en especial en el intestino, sin causar enfermedad. Su relación con el ser humano es de mutualismo: reciben alimento y un ambiente estable y a cambio prestan servicios, entre ellos la síntesis de algunas vitaminas y la digestión de determinados componentes de la dieta.
Su modo de actuación en la defensa es la exclusión competitiva. Al ocupar de forma permanente la superficie de la piel y de las mucosas, la microbiota compite con los microorganismos patógenos que llegan de fuera: consume los nutrientes disponibles y ocupa los lugares de adhesión al epitelio, de modo que el patógeno no encuentra ni espacio ni alimento para establecerse. Muchas de esas bacterias segregan además sustancias que inhiben el crecimiento ajeno, como ácidos que bajan el pH del medio o bacteriocinas.
La importancia de este mecanismo se aprecia bien cuando falla: un tratamiento prolongado con antibióticos de amplio espectro destruye la microbiota y facilita la aparición de infecciones oportunistas, como las candidiasis.
La piel y las mucosas constituyen la primera línea de defensa, y actúan por tres vías.
La primera es la barrera mecánica o física. La piel es un epitelio pluriestratificado cuyas células superficiales están queratinizadas y muertas, lo que la hace impermeable y prácticamente infranqueable mientras esté intacta; además se descama continuamente y arrastra con ella los microorganismos adheridos. Las mucosas segregan moco, una capa viscosa que atrapa las partículas y los microorganismos, y en las vías respiratorias los cilios del epitelio lo desplazan hacia el exterior; a ello se suman mecanismos de expulsión como la tos, el estornudo o el peristaltismo.
La segunda es la barrera química. Las secreciones que bañan estas superficies son hostiles: el sudor y el sebo dan a la piel un pH ácido, el jugo gástrico alcanza un pH cercano a 2, la vagina mantiene también un medio ácido, y la saliva, las lágrimas y el moco contienen lisozima, una enzima que hidroliza la pared de muchas bacterias.
La tercera es la barrera biológica, que es la microbiota descrita en el apartado anterior.
Estos mecanismos son inespecíficos: actúan igual frente a cualquier agente extraño, no necesitan contacto previo y no dejan memoria. Su eficacia se comprueba en el hecho de que la mayoría de las infecciones se producen cuando esta barrera se rompe, por una herida, una quemadura o un catéter.