Es el conjunto de órganos, células y moléculas que defiende al organismo frente a los agentes extraños —virus, bacterias, hongos, parásitos, toxinas— y frente a sus propias células alteradas, como las tumorales.
Su función esencial es distinguir lo propio de lo extraño y eliminar lo segundo sin dañar lo primero. Actúa en dos niveles: una respuesta inespecífica o innata, inmediata e igual frente a cualquier agresor, y una respuesta específica o adaptativa, más lenta pero dirigida exactamente contra el antígeno que la provoca y dotada de memoria.
Sus órganos se dividen en primarios, donde los linfocitos se forman y maduran —médula ósea y timo—, y secundarios, donde entran en contacto con los antígenos y se activan —ganglios linfáticos, bazo, amígdalas y tejido linfoide asociado a las mucosas.
El timo es un órgano linfoide primario situado detrás del esternón, muy desarrollado en la infancia y que va atrofiándose a partir de la pubertad.
En él maduran los linfocitos T, que llegan como precursores desde la médula ósea; la T de su nombre procede precisamente del timo. Allí adquieren su receptor TCR y sus correceptores CD4 o CD8, y sobre todo se someten a un doble proceso de selección: la selección positiva conserva a los que reconocen las moléculas propias del complejo mayor de histocompatibilidad, sin las cuales no podrían trabajar, y la selección negativa elimina por apoptosis a los que reconocen con demasiada afinidad antígenos del propio organismo. Más del
de los linfocitos que entran en el timo mueren allí.
Esa selección negativa es el fundamento de la tolerancia inmunológica, y su fallo está en el origen de las enfermedades autoinmunes.
La médula ósea roja es el otro órgano linfoide primario, y es además el lugar donde se forman todas las células de la sangre.
En ella residen las células madre hematopoyéticas, de las que derivan por hematopoyesis los eritrocitos, las plaquetas y todos los leucocitos: granulocitos, monocitos —que darán los macrófagos— y linfocitos.
En cuanto al sistema inmunitario, la médula cumple dos papeles. Origina los precursores de todos los linfocitos, y en ella maduran los linfocitos B —la B procede de la bolsa de Fabricio de las aves, donde se descubrieron—, que adquieren allí su inmunoglobulina de membrana y sufren también una selección que elimina a los autorreactivos. Los precursores de los linfocitos T, en cambio, salen de la médula y terminan su maduración en el timo.
Las células plasmáticas son linfocitos B que, tras ser activados por su antígeno y por las interleucinas de los linfocitos T colaboradores, han proliferado y se han diferenciado.
Su función es una sola: fabricar y segregar anticuerpos, y hacerlo en cantidades enormes, del orden de miles de moléculas por segundo. Por eso su aspecto es característico —un citoplasma repleto de retículo endoplasmático rugoso y un aparato de Golgi muy desarrollado— y por eso han perdido la inmunoglobulina de membrana y la capacidad de dividirse.
Constituyen, por tanto, la célula efectora de la respuesta humoral. Viven pocos días, mientras dura la infección; la memoria no la sostienen ellas, sino los linfocitos B de memoria, que se generan en paralelo y persisten durante años.