Se eligen dos células de las dos ramas de la respuesta específica, para que se aprecie el reparto de papeles.
Los linfocitos B son los responsables de la respuesta humoral. Cada uno lleva en su membrana un anticuerpo que actúa como receptor y reconoce un único antígeno. Cuando ese antígeno aparece y el linfocito recibe además la señal de un linfocito T colaborador, se activa, prolifera y se diferencia en dos poblaciones: las células plasmáticas, verdaderas fábricas que segregan grandes cantidades de anticuerpos específicos a la sangre y la linfa, y los linfocitos B de memoria, que quedan en reserva durante años y hacen que un segundo contacto con el mismo antígeno provoque una respuesta mucho más rápida e intensa. Los anticuerpos que producen neutralizan toxinas y virus, aglutinan bacterias, activan el complemento y facilitan la fagocitosis.
Los macrófagos intervienen en la respuesta inespecífica y a la vez en la específica. Por un lado fagocitan microorganismos, células muertas y restos celulares, digiriéndolos con las enzimas de sus lisosomas. Por otro actúan como células presentadoras de antígeno: tras digerir al patógeno, exponen fragmentos suyos en su superficie asociados al complejo mayor de histocompatibilidad, y así los muestran a los linfocitos T colaboradores. Son, por tanto, el enlace entre la inmunidad innata y la adquirida. Segregan además citoquinas que reclutan otras células al foco de infección.
La memoria inmunológica es la capacidad del sistema inmunitario de recordar un antígeno con el que ya se ha encontrado y responder frente a él de manera más rápida y eficaz en contactos posteriores.
Se debe a los linfocitos B y T de memoria, que se generan durante la primera exposición y permanecen circulando durante años. Por eso la respuesta primaria es lenta —tarda una o dos semanas y produce sobre todo IgM en poca cantidad— mientras que la respuesta secundaria es casi inmediata, mucho más intensa y basada en IgG de mayor afinidad, de modo que el patógeno se elimina antes de que llegue a causar síntomas.
La memoria inmunológica es el fundamento de las vacunas: provocan una respuesta primaria con un antígeno inofensivo para que, cuando llegue el patógeno real, el organismo responda ya como si fuera la segunda vez.
Un anticuerpo o inmunoglobulina es una glucoproteína producida por las células plasmáticas, derivadas de los linfocitos B, que se une de forma específica al antígeno que provocó su síntesis. Tiene forma de Y y consta de cuatro cadenas polipeptídicas —dos pesadas y dos ligeras— unidas por puentes disulfuro, con una región variable en los extremos de la Y, donde se aloja el lugar de unión al antígeno, y una región constante que determina su clase y sus funciones efectoras.
La hipersensibilidad es una respuesta inmunitaria exagerada e inapropiada frente a un antígeno que en sí mismo es inofensivo, y que acaba dañando los propios tejidos. La forma más conocida es la alergia, en la que el contacto con el alérgeno —polen, ácaros, alimentos— provoca la producción de IgE, que se fija a los mastocitos; en un contacto posterior estos liberan histamina y desencadenan los síntomas, que van desde la rinitis hasta el choque anafiláctico.
La inmunidad adaptativa, llamada también específica o adquirida, es la respuesta que se dirige contra un antígeno concreto, previamente reconocido, y que deja memoria. La ejecutan los linfocitos B y T, tarda unos días en desarrollarse y se opone a la inmunidad innata, que es inmediata, inespecífica y no genera memoria.
Una inmunodeficiencia es un fallo del sistema inmunitario, que responde de forma insuficiente o no responde, dejando al organismo expuesto a infecciones repetidas y graves y a ciertos tumores. Puede ser congénita, de origen genético, o adquirida, como el sida, causado por el VIH, que destruye los linfocitos T colaboradores y desmonta con ellos la coordinación de toda la respuesta específica.