Biología · Inmunización y vacunas · Navarra · 2020
Ejercicio resuelto de Inmunización y vacunas · Biología · 2020
En un centro educativo de primaria uno de los alumnos ha sido infectado por el virus de la varicela y ha asistido a clase durante varios días hasta que la enfermedad se ha hecho evidente.
a) ¿Cómo explicarías que ningún alumno más haya contraído la enfermedad?
b) Una vez curado el alumno enfermo ¿Necesitará vacunarse? Razona la respuesta.
c) Explica qué consecuencias puede tener para la población el hecho de que no exista una vacuna como ha ocurrido en el caso del COVID-19.
Solución
Porque los demás alumnos eran inmunes al virus de la varicela, de modo que aunque estuvieran expuestos a él durante días su sistema inmunitario lo neutralizó antes de que la enfermedad llegara a desarrollarse.
Esa inmunidad puede tener dos orígenes. Unos habrán pasado la enfermedad anteriormente, adquiriendo inmunidad activa natural; otros, y en España es lo habitual porque la vacuna está incluida en el calendario infantil, estarán vacunados, con inmunidad activa artificial. En ambos casos conservan linfocitos B y T de memoria específicos, de modo que la respuesta es secundaria: rápida, intensa y suficiente para eliminar el virus sin síntomas.
Interviene además un segundo factor, colectivo: la inmunidad de grupo. Cuando la proporción de individuos inmunes en una población es alta, la cadena de transmisión se interrumpe porque el patógeno no encuentra hospedadores susceptibles, y quedan protegidos indirectamente incluso los pocos que no lo están.
No lo necesitará.
Al haber pasado la enfermedad, su organismo ha desarrollado una respuesta inmunitaria completa y ha generado linfocitos B y T de memoria específicos frente al virus de la varicela-zóster. Esa inmunidad activa natural es equivalente a la que produciría la vacuna, y en el caso de la varicela es duradera de por vida: por eso no se pasa dos veces.
Vacunarlo no sería perjudicial, pero tampoco aportaría nada.
Conviene añadir un matiz que este virus tiene de particular: no se elimina del organismo, sino que queda latente en los ganglios nerviosos. Años después puede reactivarse y producir un herpes zóster, sobre todo si la inmunidad decae con la edad o por inmunosupresión. Existe una vacuna específica frente a esa reactivación, recomendada en adultos mayores, pero es una situación distinta de la que plantea el enunciado.
Si no hay vacuna, la población es enteramente susceptible: nadie tiene memoria inmunológica frente a ese patógeno, no existe inmunidad de grupo y la cadena de transmisión no encuentra ningún obstáculo.
La consecuencia inmediata es una difusión exponencial de la enfermedad y, con ella, una epidemia o una pandemia. Al enfermar muchas personas a la vez, los servicios sanitarios se saturan, lo que aumenta la mortalidad no solo de esa enfermedad sino también de las demás, que dejan de atenderse adecuadamente.
Al no disponer de la herramienta preventiva, hay que recurrir a medidas no farmacológicas —aislamiento de los casos, cuarentenas, distancia, mascarillas, cierre de actividades—, mucho menos eficaces y con un enorme coste económico y social.
A medio plazo aparecen otros dos problemas. Uno es que la inmunidad solo puede alcanzarse pasando la enfermedad, es decir, al precio de enfermar y de la mortalidad que ello conlleva, especialmente en los grupos vulnerables. El otro es que una circulación masiva y prolongada del patógeno multiplica las ocasiones de mutación y facilita la aparición de nuevas variantes, más transmisibles o capaces de escapar a la inmunidad ya adquirida.
Todo ello subraya el valor de la vacunación como medida de salud pública: no protege solo a quien se vacuna, sino a la población entera.
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