Es aquella en la que el sistema inmunitario pierde la capacidad de distinguir lo propio de lo extraño y dirige su respuesta contra las moléculas y células del propio organismo, que pasan a comportarse como autoantígenos.
Se producen entonces autoanticuerpos y linfocitos T autorreactivos que atacan a los tejidos propios y los dañan de forma progresiva y crónica. El daño no lo causa ningún agente externo, sino la propia respuesta defensiva, que se ha vuelto contra quien debía proteger.
No hay una causa única, sino varios mecanismos que suelen concurrir.
El fallo de la tolerancia inmunológica. Durante su maduración en el timo y en la médula ósea, los linfocitos que reconocen antígenos propios son eliminados o inactivados. Si esa selección falla, quedan en circulación linfocitos autorreactivos.
El mimetismo molecular. Ciertos microorganismos tienen antígenos muy parecidos a moléculas propias; los anticuerpos generados contra ellos acaban reconociendo también los tejidos del paciente. Es lo que ocurre en la fiebre reumática tras una infección estreptocócica.
La exposición de antígenos ocultos. Algunos tejidos, como el cristalino o los espermatozoides, están normalmente aislados del sistema inmunitario; un traumatismo o una infección puede exponerlos y desencadenar la respuesta.
A todo ello se suma una predisposición genética, ligada a determinados alelos del sistema HLA, y factores ambientales u hormonales, que explican que estas enfermedades sean mucho más frecuentes en mujeres.
La diabetes mellitus de tipo 1. El sistema inmunitario destruye las células beta de los islotes de Langerhans del páncreas, que son las que fabrican la insulina. Al desaparecer estas, el paciente no puede regular su glucemia y necesita insulina externa de por vida.
Podrían citarse igualmente la artritis reumatoide, que ataca la membrana sinovial de las articulaciones; la esclerosis múltiple, que destruye la vaina de mielina de las neuronas; el lupus eritematoso sistémico, que afecta a múltiples órganos; y la enfermedad celíaca.
Es el trastorno opuesto: un fallo del sistema inmunitario que le impide responder de forma adecuada frente a los agentes extraños. Si en la autoinmunidad el sistema responde de más y contra quien no debe, en la inmunodeficiencia responde de menos.
El individuo queda expuesto a infecciones repetidas, graves y provocadas incluso por microorganismos oportunistas, que en una persona sana serían inofensivos, y tiene además mayor riesgo de desarrollar tumores. Puede ser congénita o primaria, por un defecto genético, o adquirida o secundaria, provocada por una infección, la desnutrición, la quimioterapia o un tratamiento inmunosupresor.
El sida, o síndrome de inmunodeficiencia adquirida, causado por el virus de la inmunodeficiencia humana. Es un retrovirus que infecta precisamente a los linfocitos T colaboradores, la célula que coordina tanto la respuesta humoral como la celular. Al destruirlos de forma progresiva, la respuesta específica se desmonta por completo, y el enfermo acaba sucumbiendo a infecciones oportunistas —neumonías, tuberculosis, candidiasis— o a tumores, y no al virus en sí.
Como ejemplo de inmunodeficiencia congénita puede citarse la inmunodeficiencia combinada grave, en la que un defecto genético impide la maduración de los linfocitos T y B y obliga al niño a vivir en un ambiente estéril.