Los tres términos clasifican los trasplantes según la relación genética entre el donante y el receptor, que es lo que determina el riesgo de rechazo.
Un xenotrasplante o heterotrasplante es el que se realiza entre individuos de especies distintas. Es el caso que menciona el enunciado: un corazón de cerdo trasplantado a una persona. Es el que más rechazo provoca, porque las diferencias antigénicas son máximas.
Un alotrasplante u homotrasplante es el que se realiza entre dos individuos de la misma especie pero genéticamente distintos. Es el trasplante habitual en medicina, de un donante humano a un receptor humano, y provoca rechazo salvo que se controle.
Un isotrasplante es el que se realiza entre dos individuos genéticamente idénticos, es decir, entre gemelos univitelinos. Al ser idénticas sus moléculas del complejo mayor de histocompatibilidad, no hay rechazo.
Cabe añadir el autotrasplante, en el que donante y receptor son la misma persona —un injerto de piel de un muslo a la cara, por ejemplo—, que tampoco provoca rechazo alguno.
El rechazo es la respuesta inmunitaria que el receptor desencadena contra el órgano trasplantado, y que acaba destruyéndolo. No es una complicación de la operación, sino el funcionamiento normal del sistema inmunitario aplicado a un tejido que no reconoce como propio.
La causa está en las moléculas del complejo mayor de histocompatibilidad, que en el ser humano se denomina sistema HLA. Son glucoproteínas de la membrana de todas las células nucleadas y actúan como carné de identidad celular; su enorme variabilidad hace que sean prácticamente exclusivas de cada individuo, salvo entre gemelos univitelinos.
El proceso se desarrolla así: las células del injerto exhiben moléculas HLA distintas de las del receptor, que son reconocidas como antígenos extraños; las células presentadoras las muestran a los linfocitos T colaboradores, que se activan y liberan citoquinas; estas reclutan y activan a los linfocitos T citotóxicos, que atacan directamente a las células del injerto liberando perforinas e induciendo su apoptosis. Se produce además una respuesta humoral, con anticuerpos que dañan el endotelio de los vasos del órgano y provocan su trombosis.
En el xenotrasplante la incompatibilidad es mucho mayor, porque a las diferencias del HLA se suman antígenos propios de la otra especie frente a los cuales el ser humano ya tiene anticuerpos naturales preformados, lo que puede desencadenar un rechazo hiperagudo en cuestión de minutos.
La primera medida es la selección del donante más compatible. Antes del trasplante se determina el tipo de HLA del receptor y de los posibles donantes y se elige aquel cuyas moléculas se parezcan más, además de comprobar la compatibilidad del grupo sanguíneo ABO. Cuanto mayor sea la coincidencia, menor será la respuesta y menos agresivo tendrá que ser el tratamiento posterior. De ahí que el mejor donante sea siempre un hermano.
La segunda es el tratamiento inmunosupresor. El receptor recibe de por vida fármacos que frenan la respuesta inmunitaria —ciclosporina, tacrolimús, corticoides— y que actúan sobre todo inhibiendo la activación y la proliferación de los linfocitos T. Su inconveniente es evidente: al deprimir el sistema inmunitario en su conjunto, aumentan el riesgo de infecciones y de ciertos tumores, de modo que hay que ajustar cuidadosamente la dosis.
Una tercera línea, en el caso concreto de los xenotrasplantes, es la modificación genética del animal donante. En el trasplante de corazón de cerdo que cita el enunciado se emplearon animales a los que se habían eliminado los genes de los antígenos que provocan el rechazo hiperagudo y añadido genes humanos reguladores, precisamente para hacer el órgano menos ajeno.