Una inmunodeficiencia es una alteración del sistema inmunitario que le impide desarrollar una respuesta eficaz frente a los antígenos, porque falta o funciona mal alguno de sus componentes: linfocitos, anticuerpos, células fagocíticas o proteínas del complemento. Como consecuencia, el individuo sufre infecciones más frecuentes, más graves y provocadas a veces por microorganismos que no afectan a una persona sana, como le ocurre a los pacientes del enunciado con
.
La inmunodeficiencia primaria o congénita tiene origen genético y está presente desde el nacimiento, aunque a veces se manifieste más tarde. Un ejemplo es la inmunodeficiencia combinada grave, conocida como el síndrome de los niños burbuja, en la que no se desarrollan ni los linfocitos B ni los T.
La inmunodeficiencia secundaria o adquirida aparece a lo largo de la vida como consecuencia de un factor externo: una infección, la malnutrición, un tumor o un tratamiento médico. El ejemplo más conocido es el sida, provocado por el VIH, que destruye los linfocitos T colaboradores; también lo son las que causan la quimioterapia y los fármacos inmunosupresores que se administran tras un trasplante.
La sueroterapia consiste en administrar a un individuo un suero que contiene anticuerpos ya fabricados contra un antígeno concreto, obtenidos de otro organismo previamente inmunizado o producidos artificialmente. Proporciona lo que se llama inmunidad pasiva y artificial: el paciente recibe las defensas hechas, no las produce él.
Sus dos características son consecuencia directa de eso: actúa de forma inmediata, porque los anticuerpos ya están presentes, pero su efecto es de corta duración, porque el organismo no genera células de memoria y los anticuerpos recibidos acaban degradándose.
En un paciente inmunodeprimido es un tratamiento adecuado precisamente porque no depende de su sistema inmunitario. Una vacuna, que es la alternativa, contiene el antígeno y necesita que sea el propio paciente quien monte la respuesta y fabrique los anticuerpos, algo que un inmunodeprimido no puede hacer o hace muy mal. Además, en una infección grave ya declarada, como una candidiasis por
, no hay tiempo para esperar las semanas que tardaría una respuesta primaria: hace falta el efecto inmediato del suero.
La técnica es la PCR o reacción en cadena de la polimerasa.
Consiste en obtener in vitro millones de copias de un fragmento concreto de ADN mediante ciclos repetidos de tres etapas, que solo se diferencian en la temperatura:
• Desnaturalización, hacia 95
C: las dos hebras del ADN se separan.
• Hibridación, hacia 55
C: unos cebadores u oligonucleótidos cortos, complementarios de los extremos de la región que se quiere copiar, se unen a las hebras y delimitan así el fragmento que se va a amplificar.
• Extensión, hacia 72
C: una ADN polimerasa termoestable, la Taq polimerasa, sintetiza la hebra complementaria a partir de cada cebador.
Cada ciclo duplica el número de copias, de manera que tras unos treinta ciclos el fragmento se ha amplificado más de mil millones de veces. Eso es lo que permite detectar la presencia del hongo aunque en la muestra hubiera muy poco ADN suyo.