Investigaciones recientes sugieren que existe una vinculación directa entre aumento de temperatura en el planeta tierra y la extinción de especies que está teniendo lugar. Explica el papel de las mutaciones y la recombinación genética en la supervivencia de las poblaciones ante un cambio en las condiciones del medio.
Una población sobrevive a un cambio del medio si contiene individuos capaces de vivir en las nuevas condiciones. Y para que los contenga tiene que haber variabilidad genética, porque la selección natural no crea nada: se limita a favorecer lo que ya existe. Las mutaciones y la recombinación son, precisamente, los dos mecanismos que generan y mantienen esa variabilidad.
Las mutaciones son la fuente primaria. Un cambio en el material genético crea un alelo que antes no existía en la población, y ese es el único modo de que aparezca una novedad genética. Se producen al azar y sin relación alguna con las necesidades del organismo: no surgen porque hagan falta. La mayoría son neutras o perjudiciales, y solo unas pocas resultan ventajosas, pero basta con eso.
La recombinación genética es la fuente secundaria, y no crea alelos nuevos sino combinaciones nuevas de los que ya hay. Actúa en la meiosis, por el sobrecruzamiento de la profase I y por la segregación independiente de los cromosomas homólogos, y se completa con la unión al azar de los gametos en la fecundación. Su efecto multiplicador es enorme: solo con la segregación independiente, un ser humano puede producir más de ocho millones de combinaciones cromosómicas distintas, y con la recombinación, prácticamente ilimitadas. Gracias a ella, cada descendiente de la reproducción sexual es genéticamente único.
Ante un cambio como el aumento de temperatura, el mecanismo funciona así: si en la población existen ya individuos que por su genotipo toleran mejor el calor o la sequía, esos individuos sobrevivirán y se reproducirán más, la frecuencia de sus alelos aumentará generación tras generación y la población se adaptará. Ese es el proceso de selección natural, y en él la población cambia, no los individuos.
De ahí se sigue lo que explica la extinción que menciona el enunciado. Una población con poca variabilidad genética —porque es pequeña, porque ha sufrido un cuello de botella o porque se reproduce asexualmente— carece de materia prima sobre la que la selección pueda actuar y desaparece si el ambiente cambia. Y aunque haya variabilidad, importa la velocidad: la adaptación necesita muchas generaciones, de modo que un cambio climático mucho más rápido que el ritmo de reproducción de la especie la condena igualmente, sobre todo si se trata de organismos grandes y de generaciones largas. Las bacterias, con generaciones de minutos, se adaptan con facilidad; un gran mamífero, no.
Por eso la conservación de la diversidad genética de una especie, y no solo del número de individuos, es hoy un objetivo central de la biología de la conservación.