a) En el ámbito de la inmunología, define los conceptos de sueroterapia y vacunación indicando las similitudes y diferencias entre ambos.
b) Los programas de vacunación sistemática de una población, ¿qué objetivos persiguen?
La vacunación consiste en administrar a una persona sana un preparado que contiene antígenos del patógeno —el microorganismo muerto o atenuado, alguna de sus proteínas, una toxina inactivada o el mRNA que permite fabricarla—, para que su propio sistema inmunitario responda produciendo anticuerpos y, sobre todo, linfocitos de memoria.
La sueroterapia consiste en inocular a una persona ya enferma, o expuesta al agente, un suero que contiene anticuerpos específicos ya fabricados, obtenidos de otro individuo o de un animal previamente inmunizado. El paciente recibe la defensa hecha, no la fabrica.
Se parecen en que ambas son formas de inmunización artificial, en que ambas utilizan el mismo mecanismo de reconocimiento antígeno-anticuerpo y en que las dos se administran por inoculación.
Se diferencian en tres puntos esenciales. El primero es quién produce los anticuerpos: en la vacunación, el propio paciente, por lo que se trata de inmunización activa; en la sueroterapia, otro organismo, por lo que es pasiva. El segundo es la rapidez: la vacuna tarda días o semanas en surtir efecto, mientras que el suero actúa de inmediato. Y el tercero es la duración: la vacuna genera memoria inmunológica y protege durante años, mientras que el suero solo protege mientras esos anticuerpos permanecen en el organismo, unas semanas, y no deja memoria alguna.
De ahí sus usos: la vacuna es preventiva y se administra antes de la infección; el suero es curativo o de urgencia y se administra cuando ya no hay tiempo para que el organismo responda por sí mismo, como en una mordedura de serpiente, en el botulismo o tras una exposición al tétanos o a la rabia.
El primero es proteger individualmente a cada persona vacunada, evitándole la enfermedad o reduciendo su gravedad.
El segundo, y el que justifica que la vacunación sea sistemática y no voluntaria caso por caso, es conseguir la inmunidad de grupo o de rebaño: cuando la proporción de individuos inmunes supera un umbral, la cadena de transmisión se interrumpe porque el patógeno no encuentra suficientes hospedadores susceptibles. Eso protege indirectamente a quienes no pueden vacunarse —recién nacidos, inmunodeprimidos, alérgicos a algún componente—, que dependen por completo de que los demás lo estén.
El tercero es el control epidemiológico a largo plazo: reducir la incidencia de la enfermedad hasta eliminarla de un territorio y, en el mejor de los casos, erradicarla del planeta. Es lo que se consiguió con la viruela en
, único caso hasta la fecha, y lo que se persigue con la poliomielitis.
A ello se añade un objetivo económico y social evidente: prevenir sale mucho más barato que tratar, y la vacunación evita hospitalizaciones, secuelas y bajas laborales.