Se cita la celulosa, el polisacárido estructural característico de los vegetales.
Es un polisacárido, es decir, un glúcido formado por la unión de un número muy elevado de monosacáridos, que en su caso puede llegar a varios miles. Está compuesto exclusivamente por moléculas de
-D-glucosa, de modo que se trata de un homopolisacárido, y contiene únicamente carbono, hidrógeno y oxígeno.
Las glucosas se unen mediante enlaces O-glucosídicos
y la cadena resultante es lineal, sin ninguna ramificación.
La configuración
obliga a que cada glucosa quede girada
respecto de la anterior, con lo que la cadena no puede enrollarse en hélice —como sí hace la amilosa, cuyos enlaces son
— y queda completamente extendida. Esto permite que muchas cadenas se dispongan paralelas unas junto a otras y se unan entre sí mediante numerosos puentes de hidrógeno, formando haces llamados microfibrillas. El resultado es un material insoluble en agua, muy resistente a la tracción y difícil de hidrolizar.
Su función es estructural o esquelética: constituye el armazón de la pared celular vegetal, a la que confiere rigidez y resistencia. Gracias a ella la célula soporta la presión de turgencia sin romperse en medios hipotónicos, y su volumen queda limitado.
Conviene señalar que la especie humana no posee celulasa, la enzima capaz de romper el enlace
, de modo que la celulosa no le sirve de alimento: constituye la fibra vegetal, que no aporta energía pero regula el tránsito intestinal. Sí la digieren los rumiantes y los termes, gracias a los microorganismos simbiontes de su tubo digestivo.
Se localiza en la pared celular de las células vegetales, situada por fuera de la membrana plasmática, y también en la de las algas. Es especialmente abundante en los tejidos de sostén y en las fibras vegetales: el algodón está formado por celulosa casi pura y la madera contiene alrededor de la mitad de su peso.
Es, de hecho, la molécula orgánica más abundante de la biosfera.