La evolución es el proceso de cambio de las poblaciones de seres vivos a lo largo de las generaciones, es decir, la transformación de las frecuencias de sus genes con el tiempo, del que resulta la diversidad de especies actuales y su parentesco a partir de antepasados comunes. Conviene subrayar que quien evoluciona es la población, no el individuo: un individuo nace, vive y muere con el genoma que le tocó.
La mutación es la causa primera. Es la única fuente que crea variabilidad genética nueva, porque genera alelos que antes no existían; la reproducción sexual y la recombinación redistribuyen esa variabilidad, pero no la inventan. Sin mutación no habría materia prima sobre la que la evolución pudiera actuar.
La adaptación es el resultado. La selección natural criba esa variabilidad: los individuos cuyos alelos les dan alguna ventaja en su ambiente dejan más descendencia y esos alelos se hacen más frecuentes. Con el tiempo la población acaba presentando caracteres que la ajustan a su medio, y a esos caracteres, y al proceso que los produce, se les llama adaptación.
La relación entre los tres conceptos puede resumirse así: la mutación propone al azar, el ambiente dispone mediante la selección natural, y el resultado acumulado a lo largo de las generaciones es la adaptación, es decir, la evolución. El punto crucial es que la mutación es previa e independiente de la necesidad: no aparece porque haga falta.
Lo que se observa en la radiografía es que, bajo el aspecto externo de una aleta, el esqueleto de la extremidad del delfín es el mismo que el de la extremidad anterior de cualquier otro mamífero: un hueso proximal único, el húmero; dos huesos a continuación, el radio y el cúbito; después los huesos del carpo; y, finalmente, cinco radios de dedos formados por metacarpianos y falanges, aunque estas sean numerosas y estén alargadas.
Eso es exactamente lo que se ve en el brazo humano, en la pata de un caballo o en el ala de un murciélago, y constituye una prueba anatómica de la evolución: es un caso de órganos homólogos. Se llaman homólogos los órganos que tienen la misma estructura interna y el mismo origen embrionario, aunque su forma externa y su función sean distintas.
El razonamiento es el siguiente. Si cada especie hubiera sido diseñada por separado para su medio, no habría ninguna razón para que una aleta —cuya función es nadar, y para la que una lámina rígida sin articulaciones sería mecánicamente más eficaz— estuviera construida con un húmero, un radio, un cúbito y cinco dedos. La única explicación razonable es que el delfín desciende de un antepasado terrestre de cuatro extremidades, y que al volver al medio acuático la selección natural no rediseñó la extremidad desde cero, sino que modificó la que ya tenía: acortó los huesos, inmovilizó las articulaciones y la recubrió de tejido, conservando el plan estructural heredado.
Esta divergencia a partir de un mismo modelo se llama evolución divergente o radiación adaptativa: un mismo plan estructural se adapta a funciones muy distintas —nadar, volar, correr, asir— porque procede de un antepasado común. Se opone a la convergencia, en la que órganos de origen distinto adquieren forma parecida por desempeñar la misma función, como el ala de un insecto y la de un ave, que son órganos análogos y no prueban parentesco alguno.